Un abrazo para el Sr. Banús, el feo

Leo la columna del señor Martín Banús en La Hora, y me sorprendo. No tanto por lo que dice, sino por la oleada de sorpresa que ha desatado.
Los leo en facebook, en twitter y en columnas de opinión sorprendidísimos de que haya gente así, de que aún haya gente así. Como si el racismo y la discriminación no existieran en Guatemala, como si fueran algo del pasado.
Si en este momento su primer impulso es twittear o postear una severa condena a lo que digo, permitame aclarar que no estoy de acuerdo con Banús. En nada. Está equivocado y no sé si con ignorancia o maldad. Confunde causas y consecuencias de la situación de los indígenas en Guatemala. Les atribuye responsabilidades sobre cosas de las cuales son víctimas e hila su discurso con verdades a medias, estereotipos y falsedades. Todo aderezado con un tono y frases que tienen gusto al más rancio racismo chapín.
Dicho eso, no se si deba prohibírsele hablar.  En todo caso la aparición de su columna es verdaderamente útil.
Me explico. Lo que dice el Sr. Banús no es una posición aislada. No es que el hombre sea miembro de un grupo radical anti indígena que busca la eliminación física o la desaparición cultural de los indígenas. Más bien el hombre, digo esto sin conocerlo, suena a que forma parte de un grupo más bien mainstream de chapines que buscaron o por lo menos se hicieron de la vista gorda de las campañas de eliminación física de los indígenas y que se han resistido fervientemente a que ellos aprendan en su idioma y mantengan sus tradiciones.
Entiendo que acá usted podría decirme que darle voz es normalizar el discurso del racista, admitir que es aceptable pronunciarse así. Y de alguna forma estoy de acuerdo con que dejarlo hablar es darle tribuna a alguien que justifica las abyectas condiciones de vida de la mayoría de la población (es más, culpa de ello a las víctimas). Por otro lado, también hay que decir que si no se les deja hablar cómo vamos a saber cómo piensa la gente como Banús, que dicho sea de paso, quizá no son mayoría pero buena cuota de poder y decisión tienen.
Además, en los casos en que se ha prohibido este tipo de expresiones en otros países, por lo general las prohibiciones van acompañadas de acciones concretas para cambiar las condiciones de exclusión de los sectores oprimidos. Desde acciones afirmativas hasta modificaciones radicales de los contenidos de estudio en las escuelas para que los niños aprendan que pensar como el Sr. Banús es algo inadmisible, que hay que trabajar por la igualdad y que la discriminación es una de las peores ofensas que se pueden hacer a la dignidad humana.
En Guatemala, lo único que se está pidiendo es que no se vea. Que no se vea el racismo, pero que tampoco se vea la exclusión, que no se vean las políticas que mantienen sumidos en la pobreza a grandes sectores de la población, que no se vea que una gran parte de la población urbana, capitalina y de clase media y media alta podría considerar al Sr. Banús como un moderado.
Y es que en el fondo, de alguna forma todos tenemos algo de Sr. Banús. O lo hemos tenido. Algunos más que otros. Todos conocemos a algún Sr. Banús. Algunos se aferran a su condición de Sr. Banús, otros evolucionan hacia posiciones menos racistas.
Yo, por ejemplo, cuando salí de la escuela, antes de trabajar en periodismo, tenía unas ideas que hoy me espantan. Pero a mí me abrazaron mis compañeros de trabajo, mis mentores, mis colegas, las fuentes con las que interactuaba, la realidad del país. Y con todos, hablando y debatiendo me fui dando cuenta de que las cosas no eran como yo pensaba. Que ser el Sr. Banús no era una postura apegada a la realidad, sino algo fundamentado en el miedo al otro y el deseo de justificar el privilegio.
Usted seguro conoce a algún Sr. Banús, abrácelo. Abórdelo en diálogos constructivos, escuche sus puntos de vista y va a poder darse cuenta que muchas veces los Sr. Banús no son malvados, solamente ignorantes.
Quizá usted no lo nota porque solo se relaciona con gente “progre”. Quizá no lee los comentarios en los foros de los diarios, quizá no escucha la radio. Pero, por comparación, el Sr. Banús de hecho podría considerarse como un “moderado” y eso espanta.
O quizá lo que molesta del artículo del Sr. Banús es, además de todo lo que dice, lo poco que han cambiado las cosas desde la firma del acuerdo de identidad y derechos de los pueblos indígenas hace ya más de 15 años. Quizá lo que nos escuece es que luego de más de una década de estar aguantando el aguacero, la gente que piensa como él comienza a salir y no ha cambiado un pelo su forma de pensar. De alguna forma, es culpa de ellos, por no ser más progresistas. Pero también es error de los que buscan el cambio, de no haber conseguido que los cambios se convirtieran en realidades concretas, que de veras se universalizara la educación bilingüe, que haya acceso universal a la justicia en idiomas mayas, entre otras mil cosas.  O quizá es que el Sr. Banús es una excepción, no en cómo piensa, sino en que tiene la osadía de decirlo mientras que los otros, los que tienen el poder, aprendieron el discurso para aplacar a la comunidad internacional, a la gente más progresista y a los líderes indígenas, pero sus acciones dicen otra cosa. Y eso, eso de veras espanta.

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A-poca-lip-sis

Dos gorriones muertos en la acera presagian lo que está por venir. Cuando salimos con unos compañeros de trabajo ví uno y no pude evitar asociarlo con los ultimos eventos que nos aquejan en esta provincia.

De un lado del estado, cientos de niños expuestos a la tuberculosis. Cientos de bebés, a lo largo de un año, expuestos a la tuberculosis por una empleada de un hospital en El Paso.

Del otro lado del estado, el Ebola ha llegado a Estados Unidos del brazo de un hombre que fue a visitar a su familia a Africa.

En el primer caso nos dijeron que no era grave, que nada teníamos que temer y la lista de bebés expuestos continúa creciendo. En el segundo caso, nos dicen que no es grave, que nada tenemos que temer.

Y yo no temo. Porque siempre he pensado que una vez que el Apocalipsis -en su presentación Zombie o regular- se instale entre nosotros, las preocupaciones cotidianas pasarán a ser secundarias.

El día que todos estemos vomitando sangre, sangrando por los ojos y sintiendo como nuestros organos se convierten en gelatina ya no estaremos pensando en qué vamos a hacer de almuerzo ni en si los chicos hicieron la tarea o no.

Todas nuestras pequeñas angustias serán un dulce recuerdo de cuando las cosas eran buenas y la vida transcurría dulce durante el verano. Cuando nuestras carreteras y caminos en el cielo se conviertan en las venas por donde transite la enfermedad que arrasará con casi todos (hay quienes aseguran que solo los ermitaños se salvarán) ya no tendremos que ir mañana y tarde a ver si vino el correo. Porque el cartero habrá echado su último vómito con sangre la noche anterior.

Pero para eso, entiendo yo, falta un poco. Para que la histeria se apodere de nosotros y no solo de los comentadores de televisión, falta. Falta que la enfermedad llegue a la ciudad, falta que caiga la primera víctima. Entonces sabremos que el fin se acerca.

Supongo que ese es el encanto de las películas y series de zombies y escenarios post apocalípticos. Todas tus angustias, tus rencores, las manías que hacen insufrible para otros la vida en común contigo, las pequeñas privaciones que nos recuerdan nuestro lugar en el mundo y todas esas cosas en la que decidimos enfocarnos los pesimistas desaparecen oscurecidas por la sombra del fin de la civilización como la conocemos.

El mundo en que vivimos es reemplazado por uno más simple, donde casi siempre las decisione tienen consecuencias binarias y por lo tanto más fácil de manejar.

Pero al final de cuentas supongo que en el mundo postapocalíptico tiene que haber preocupaciones. Más aterrizadas que angustiarnos por si va a caber toda la ropa en una sola carga en las lavadoras o si vamos a tener que pagar dos lavadoras y dos secadoras y preguntarnos como puede ser posible que un adolescente use 18 camisetas en una semana. Pero tiene que haberlas.

Y no quiero pensar en ellas, porque si hay veces que mis preocupaciones mundanas me ponen de rodillas, no quiero pensar en qué cosas terribles me angustirán cuando se acerque el final de los tiempos. Cuando la peste haya llegado a instalarse entre nosotros.

Imagino que las películas y las series apocalípticas son un poco como el porno o los filmes de autos veloces y nos ocultan los tantos otros aspectos que son menos atractivos que el tema central del que tratan. Y seguro es que algo de aburrido debe tener el apocalipsis.

Pero mientras ese momento llega, charlo con mis compañeros de trabajo. Charlo de mis angustias sobre historias que no se concretan, sobre reportajes trabados en las tuberías y fotos que nunca verán la luz. Y me amargo.

Me amargo, hasta que veo que no es uno, sino dos gorriones muertos. Y veo las moscas que comienzan ese festejo de la muerte que solo las moscas pueden hacer. Y entonces comprendo que lo peor siempre está por venir para los pesimistas.

While we were on our knees
Praying that disease
Would leave the ones we love
And never come again

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El monolito

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La agencia gubernamental omnipresente reside en algún lugar distante. Sin embargo, en sueños he sido capaz de visitarla.

Visitarla es un decir, una forma de explicar que me he parado en la distancia, sobre un montículo quizá, y he visto su estrucutra física.

Visto de lejos, sobre todo en el desierto, es dificil calcular el tamaño del edificio desde donde opera la agencia gubernamental omnipresente sin contar con un punto de referencia. Creo que nunca podremos llegar a saberlo con exactitud más allá de afirmar que es gigantesco.

Su forma cambia constantemente. A veces parece un zigurat, otras -casi siempre, eso sí- asume la forma de un monolito u obelisco. Quizá lo único seguro respecto de este objeto, este descomunal y desconcertante objeto desde donde funciona La Agencia, es su color. Es de un gris indefinible, es el gris de la monotonía, ese gris que solo está reservado a niveles muy específicos de maldad y sevicia. Es el gris de los barcos de guerra, la ceniza de los huesos calcinados y la muerte.

Otra de las cosas seguras acerca de esta agencia gubernamental es su omnipresencia. Está en todos lados, en cada aspecto de nuestra historia y en cada interacción que tenemos con ella hemos de obrar con la mayor de las cautelas, porque seguro es que nuestras vidas están en sus manos.

Una mujer que fue devorada junto a cientos de otras mujeres y niños por la agencia gubernamental omnipresente me confesó un día con voz temblorosa que “las vidas de todas nosotras están en manos de tres, y ellos son muy malos. No tienen corazón.”

En algún momento en el pasado comencé a sospechar que La Agencia es un ser vivo, con conciencia propia, si es que eso está dado a esos entes omnipresentes que tienen influencia sobre las vidas de todos los seres en la tierra. Esa convicción ha ido creciendo a lo largo de los meses y me acompaña como una de las pocas certezas que he logrado en esta tierra distante y extraña.

Parado en el montículo (ahora el montículo era una colina y el edificio de la agencia gubernamental omnipresente seguía siendo descomunal), pude escucahar cómo el monolito contestaba mis preguntas.

Eran preguntas que había hecho meses atrás, años atrás. Y podía recordar las respuestas que me fueron dadas, podía recordar las palabras una por una. Cierto es que en los sueños los recuerdos aparecen al mismo tiempo diáfanos y envueltos en vaho.

Entonces, el monolito habló. Yo escuché sus respuestas y pude comprender que habitaba una esfinge dentro del edificio cambiante, en las entrañas de esa estuctura más grande que las montañas -ahora yo estaba parado en la cima de una montaña-. Salvo que en lugar de plantear acertijos y demandar respuestas, este animal u hombre-bestia mítico respondía mis preguntas y las de miles como yo con enigmas, con frases oblicuas, con enunciados elípticos que suelen describir arcos enormes antes de perderse en la nada.

Hubo quienes intentaron tirar piedras al edificio y a las piedras iban atadas preguntas. Lo sé porque, aunque no pude ver a quienes las arrojaban -seguramente lo hacìan desde miles de kilómetros de distancia- veía los proyectiles arribar al monolito. Quedaban suspendidos girando durante meses a pocos milímetros de la piel de ese descomunal obelisco antes de que este los tragara. O me corregiré: más que tragados, eran, mejor dicho, absorbidos como cuando objeto atraviesa la superficie de un fluido con una tensión superficial enorme; que presenta resistencia al principio pero luego termina cediendo y con un ¡chplop! desaparece para siempre dejando tras de sí apenas ondas concéntricas que se desvanecen casi de inmediato.

Alguna vez corrió el rumor de que una de esas piedras había sido devuelta por el monolito. Muchos se esperanzaron sobre el futuro y sobre la inminencia de una respuesta a sus dudas. No hubo más noticias.

La existencia de un monolito descomunal en algún punto del desierto, en cuyas entrañas reside una esfinge enigmática podría pasar por un mero anacronismo. Me asiste la convicción de que traga gente, que la devora y la excreta en partes del mundo aún más aterradoras que el desierto donde todo es aridez y piedras abrasadas por un sol que quema la piel, la carne y el espíritu. De eso he sido testigo y estoy para contarlo.

Pregunté entonces a quién podía acudir para pedir ayuda, para que alguien me iluminara sobre cómo relacionarme con la entidad monolítica en la que habita la agencia gubernamental omnipresente.

Y en una voz que era un torrente de docenas de voces que había oído antes por separado, la esfinge me contestó con un sonido atronador que venía de las profundidades de ese monolito u obelisco: “Estás solo y a nadie le importan tus preguntas, estás solo y no vas a poder hacer nada por aquellos a quienes he devorado. Estas solo, solo, solo.”

Entonces sonreí y lloré colmado de dicha. La esfinge había sido directa, sincera, honesta.

Pero todo eso era sueño. Al despertar, de nuevo, mis preguntas habían sido contestadas en un correo electrónico que contenía un acertijo, un enigma y una burla.

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Soda

Hoy me enteré que Gustavo Cerati había muerto. Luego leí que había muerto hace cuatro años. Y de pronto me invadió una tristeza inexplicable. O más bien, una tristeza que voy a tratar de explicar ahora. 

Resulta que con Cerati, Soda Stereo en realidad, tuvimos algo muy especial. Esto pasó en una época en que la piel, la psique, el alma acababan de dejar el cascarón de la niñez y yo andaba buscando todo tipo de experiencias y emociones que dejaran una impronta en mí. Quería, quizá sin saberlo, quizá por el pánico que causa la hoja en blanco en nosotros los que escribimos, llenar cuanto antes la página de lo que iba a ser mi vida.

Quería hacer ese surco que es como las rayas de un disco, esa serie de diminutas crestas y valles en la superficie de mi yo, una huella gramofónica que, para quien te conoce y tiene la paciencia de leerla, puede producir la más dulce de las músicas. Eso quería. 

Y en esas estaba y quería saber y conocer y probar. 

El domingo pasado, hastiados del enclaustramiento hogareño un fin de semana largo en el que no pude salir de la ciudad porque a alguien se le ocurrió inventar la historia de que ISIS anda en Juárez, aquel y yo fuimos a comernos un brownie –yo me tomé dos jarras de cerveza además– en el Applebee´s de al lado de casa. 

En el restaurant, videos de música ochentera llegaban a la pantalla desde alguna estación central en un lugar a miles de kilómetros de distancia, quizá cercano al punto de procedencia del brownie que nos sirvieron. (Todo viene de tan lejos hoy en día.) 

Y en ese sopor que ocurre entre la primera y la segunda jarra, perdí momentáneamente el hilo de la conversación con mi interlocutor. Mi vista pasó del brownie, a la hostess, a un tatuado total que estaba en la mesa de enfrente, a la pantalla. Era un video musical dolorosamente convencional. La historia, más o menos era la misma que la de  We´re Not Gonna Take It, un montón de gente convencional alarmada por los peludos en mallas apretadas de Ratt  mientras cantaban Round and Round

Una de esas canciones que sabés de quien son y más o menos sabes cómo va la letra pero no alcanzás a recordar cuándo la escuchaste por primera vez, que significó para vos, menos aún entender por qué la ponen con una inexplicable frecuencia en la radio de rock clásico de El Paso (sospecho que, salvo los anuncios que vienen de Juárez, el contenido de la radio viene de distantes lugares). 

El mesero me saca de mis abstracciones y mientras, él, el otro, mi acompañante, insiste en que quiere ser soldado. Es una idea nueva y no me termina de convencer pero en esos saltos al vacío que doy –que tantas veces vi dar a mi madre– le digo que si eso quiere, le voy a apoyar. 

Más que la posibilidad de que se vuelva militar, de que termine luchando en la próxima guerra nuclear o tenga que tomar decisiones sobre la vida y la muerte de otros, me aterra lo mucho que se parece a mí. Cosas obvias como la idea de que algo se puede aprender en el ejército y cosas tan sutiles como unas leves angustias por cosas que podrían o no suceder muchos años más tarde. 

Y me veo allí, frente a mí mismo, comiendo brownie con helado. Hablando de mis cosas. Yo no tuve con quien hablar de esas cosas. Pero me veo en él.

Me veo a esa edad, con el mundo por descubrir y la hoja por llenar. 

Fue más o menos a mediados, finales de los ochenta que escuché por primera vez a Soda Stereo. Eso habrá sido unos dos años después de Round and Round (acabo de googlear en que año salió la canción de Ratt porque, salvo Marcelo Frachelli, no conozco a nadie que guarde memoria de esas mierdas). Recuerdo que Cerati contaba que a veces sentía temor, a veces vergüenza. Me hablaba de la desilusión de un planeta y de un temblor que en ese entonces no terminaba yo de abarcar con mi mente. 

Ya después de que me contara de la grieta en su corazón, vinieron otras canciones. Algunas son surcos fundamentales en mi disco personal, casi como de esas cosas que querés y actuás para que tu vida replique la poesía. Porque de seguro yo en más de alguna ocasión planeé hacerle todo el daño de una vez a alguien. Y confieso haberme aferrado a la noción que si algo está enfermo, está con vida. 

Y hoy que me enteré que Cerati murió, que había muerto hace cuatro años, no lo quise creer. Porque a mí me consta que murió hace una década, o más. Para mí, al menos. Murió Cerati el que dejó la impronta en ese que yo fui una vez. Murió ese que yo fui una vez, ese que se parecía tanto a este chavo que pide otro vaso de limonada. A este que tiene la hoja en blanco. 

La tristeza, esa tristeza insustancial, inasible, que me asalta es por la muerte de Cerati, de Soda Stereo, que murió justo cuando murió ese muchacho sobre quien dejó su huella con su música, con su poesía que usaba nuestras cabezas como revólveres. Porque al final de cuentas morimos todos los días y lo único que nos queda para recordarnos de nosotros como éramos es alguna raya sobre la piel, alguna mella en la mente, una impronta en el alma. 

Y él aún no sabe estas cosas, porque su hoja apenas está en los primeros renglones y sus angustias son aún menos concretas que las mías y por lo tanto más aterradoras.

En la pantalla está Sammy Haggar. Dice que ya no puede manejar a 55 millas por hora.

Lo miro y pienso que es hora de irnos. Apuro la segunda jarra de un trago. Volvemos a casa a terminar de matar el fin de semana largo.

 

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Cuando muere un actor

Julio Hernández es un mal tipo.

Supongo que cada quien tendrá motivos personales para asegurar o rebatir esto que digo. Pero yo, en lo personal, yo que le tengo cariño muy grande, considero que su ser un mal tipo radica en lo siguiente. Julio Hernández, con sus películas, nos plantea preguntas muy jodidas, nos obliga a vernos no como quisiéramos ser, ni como nos gusta presentarnos, sino como quizá realmente somos. Nos plantea preguntas jodidas, que al final de cuentas son todas la misma. ¿Quien sos?

Es de esas mierdas que uno no se explica, que mejor uno no se pregunta,  porque ¿para qué? Pero el día que mataron a Victor Hugo Monterroso, el Chiquilín de Maribas del infierno, cae la coincidencia que también se murió el otro actor, el cómico.

Y, de alguna forma la muerte del comediante, vino a servir para que la muerte del otro actor, del chapín, no cause tanto espanto. Yo a Chiquilín no lo conocí. Más que por su actuación en Las Marimbas del Infierno, por alguna anécdota que de tarde en tarde me contaba Julio y por los comentarios de mis amigos en Facebook.  Supongo que por eso no me pegó tan fuerte su asesinato.

Digo, la muerte de otro _aún el prospecto de la muerte de otro_ es algo demasiado abstracto como para conmovernos. A menos que uno tenga invertida una enorme cantidad de capital emocional en la otra persona. Y entonces, si es el caso, ahí si sientes que se acaba tu existencia, que se corre un negro velo sobre el futuro y el pasado y solo te queda el dolor que debe sentir la gente que le arrancan una parte de su cuerpo.

Aunque entiendo que la gente esté devastada por la muerte del actor estadounidense, creo que de alguna forma para mí, Chiquilín era más cercano. Con él tenía muchos menos grados de separación que con el suicida. Más allá de que era amigo de un amigo y querido por gente a quien quiero con sinceridad, el Chiquilín era parte de quien soy. Una persona con quien comparto muchos más códigos culturales, más puntos en común _no solo por razones geográficas_ que con el otro actor que murió el mismo día.

Y, obvio, la gente lamenta la partida de un comediante que les dejó horas y horas de buenos momentos. Pero siento que de alguna forma también es más cómodo pensar en el actor estadounidense muerto que en Chiquilín muerto.

El hollywoodense pertenece al terreno de lo inasequible, de la alfombra roja y de las exquisiteces lejanas, al éter. Es materia de El Olimpo.

Chiquilín es el chavo que llega a traerte en la grua cuando se te queda el carro, es un chavo que a lo mejor te encontrás en la calle cuando vas a dar una vuelta a la sexta. Es un recordatorio de quienes son los chapines.

Pensar en Chiquilín, en su muerte, en la forma en que murió, en cómo lo mataron, es incómodo. Es de esas cosas que mejor no pensar. Porque cuando uno comienza a pensar en eso, se pone a pensar en el estado de las cosas en Guatemala, se pone a pensar en los otros que murieron antes de él, en los muertos que uno conocía y empieza uno a ir para atrás y piensa en este y en aquella y el otro hasta que llega a su primera memoria de un amigo o pariente asesinado y ahí sí le pega fuerte a uno.

Por eso no los culpo, cuando se aferran a la muerte del comediante para no pensar en la muerte de Chiquilín. Porque es duro pensar en eso.

Y por eso digo que Julio es mal tipo. Porque sus películas nos obligan a pensar en esas cosas. Nos obligan a vernos en ese espejo donde no somos calidá, ni chispudos, ni chileros, ni ninguna de esas cosas que nos gusta pensar que somos.

Y no es que no seamos. Puede que seamos, nadie lo descarta. Pero seguro es que también somos lo otro, el país de los descuartizados. Todos  de alguna forma somos Blacko, que al ver a don Alfonso derrotado y sin marimba le dice:

-“Yo se que vas a pensar que soy un turbio pura mierda va, pero ¿vos ya no tenés marimba, va?”

-“No vos, ya no.”

-“Yo voy a buscar otro marimbista.”

– “¿Y yo?”

– Safuca la peluca.

Somos el Chiquilín que le roba la marimba a su padrino y la empeña por un puñado de billetes y somos don Alfonso que era víctima de las extorsiones. Y por eso digo que es mal tipo, porque nos presenta ese espejo, un espejo de un país sin solución, sin salida, sin a donde ir.

Un lugar que quizá se arregle el día que a la mitad de la gente nos pase lo que a Chiquilín y la otra mitad decidamos hacer lo que el comediante. O al revés.

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¿Cuál es el trato?

De nuevo me toca mudarme. Si tuviera que hacer una lista de las cosas que más me disgustan en el mundo mudarme no estaría allí. Estaría en una lista aparte, donde compartiría renglones con las pústulas, vomitar trozos y los malos trips.

Pero esto también pasará. Una de las cosas que más me molesta de mudarme es la constatación de lo poco que tengo. No es que me moleste tener poco, de hecho es una decisión consciente no andar acumulando mierdas. Cada compra que hago, cada cosa que adquiero casi siempre ocurre al final de un largo proceso de reflexión sobre si en realidad lo necesito, sobre quién putas va a tener que cargar con eso en la próxima mudanza.

Así, por ejemplo, una plancha para panqueques que estuve pensando comprar durante los últimos dos meses no me pesará montarla al camión que me tocará alquilar la semana que viene. No puedo decir lo mismo de unas cajas llenas de basura que tenía guardadas en un cuarto que fue acumulando cosas inservibles. Son revistas que nunca volveré a leer, artículos que imprimí, zapatos que tengo años de no ponerme.

Justo hace unos días una amiga se mudó de ciudad y me contaba que tenía que regalar como cien libros que había acumulado en su estancia allí. Supongo que se habrá mudado con lo que le cabe en unas maletas, porque se mudó en bus.

Yo, en tres años, he acumulado más bien pocas cosas. Asi, arrejuntadas todas en cajas, caben en media habitación. Y por poco que suene, se me hace una montaña tener que agarrar todo y moverme.

Debe ser heredado. De mi mamá, que odia mudarse.

Mi papá, en cambio, tiene ese mal que mi primera exesposa denominaba como ser un “culito de mal asiento” y que algunos a quienes no les importa que los tachen de antisemíticos llaman el síndrome del judío errante.

Él casi no acumula cosas tampoco. Y cuando le toca mudarse, regala lo que tiene.  Se aparece en casa de los vecinos con cosas que nadie quiere, que a nadie le van a servir. Y luego se va, sin poder entender cómo la gente puede no agradecerle -es más- molestarse de que le regalen una computadora de 2002 o unas ollas sin orejas.

Pero la mudanza queda en suspenso. Es hora de partir a Indiana, de irme al encuentro de mis hijos y mi familia a las planicies del medio oeste. No sé por qué esta vez me pegó tan fuerte el verdor. Quizá es que ya estoy hasta los huevos del desierto, de esta aridez donde nada sale como debería.

Ya está todo listo para mudarme a un apartamento a unas millas de donde vivo actualmente, ya está reservado el camión y contratados los hombres que vendrán a ayudar a mover las cosas. Listo todo, es hora de pausar y tomar las vacaciones antes de volver para mudarme.

Es hora de viajar al norte. Llego de noche y no tengo carga en el teléfono para avisarle a mi hermana que ya estoy en el aeropuerto. Al final encuentro un tomacorriente donde conectar mi celular. Y en eso lo oigo, es como cuando estás observando pájaros y puedes oir el canto más no ver su plumaje. Sabes que está allí, por su canto, por sus palabras.

Sabía que en algún lugar del aeropuerto internacional de Indianapolis había un ganador. Esa rara especie de hombre que sabe qué está pasando. No lo podía ver, pero oía sus palabras, su conversación telefónica como si me estuviera hablando a mí.

-Si estamos aquí es para hacer dinero, John. Dile a Jacob que tome control, que cuando se reuna con el agente de bienes raíces y con los contratistas, que tome control. Que sea el quien dirija.

Seguramente su interlocutor habrá cometido el error de proferir alguna excusa para su falta de rendimiento en cualquiera que fuera la tarea que este ganador le había encomendado.

-No, no, no, no! John, no ves que cuando yo hablo con los contratistas, con los agentes de bienes raíces soy yo el que les dice qué está pasando, quien les dice cuál va a ser el trato. ¿No ves que por eso me visto todo de negro, camisa negra, pantalones negros, zapatos negros, calcetines negros, corbata negra, anteojos negros? Es para intimidarlos, para que sepan quién está en control de la situación.

Entonces lo busqué, allí estaba. Teléfono al oído, conectado a un enchufe en la pared -los ganadores también necesitan carga en su celular- sentado en una silla plegable y los pies subidos sobre su equipaje de mano. Estaba vestido de negro, salvo por la camisa, que era de esas camisas de boliche, con un diseño blanco y negro. No tenía corbata, pero sí se notaba que estaba intentando con todas sus fuerzas hacer una interpretación de qué habría pasado con el chavito malo de Karate Kid 1, 20 años después del único torneo que no ganó.

Frente a mi, también conectado su celular a una pared había una chava. Tendría unos 25 años y evidentemente estaba prestando atención al canto de esa rara ave.

-“Asi quiero ser yo cuando crezca,” dije queriendo ser simpático.

-“Yo creo que es atractivo,” me contestó sin mala fe. Solo estableciendo un hecho.

No supe que contestar, mi celular tenía dos por ciento de carga, suficiente para mandar un texto a mi sobrina. Lo envié y me fui, ponderando las virtudes de cambiar mi indumentaria por una donde predomine el negro. De cambiar mi actitud para dejar clarito que soy yo el que manda a decir cuál es el trato.

Pero ocho días después de estar en compañía de mi familia, de estar sumergido en ese caos, de haber ido a un parque de montañas rusas donde había que hacer hora y media de cola para subirse a una puta atracción y que encima hubiera cerotes que habían pagado cientos de dólares para saltarse la cola, me quedó clarito que no voy a poder ser jamás esa persona que explique cuál es el trato. A mi alguien va a tener que explicarmelo, si corro con suerte.

 

 

 

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El Poli

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo… Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas… Un rato después era yo el que ponía un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar.
Se puede vivir sin pensar.
Julio Cortázar. Casa Tomada.

De esto hará ya unos diez años, más o menos. No sé por qué nos juntamos todos los compañeros de trabajo en la oficina un sábado a mediodía. Siendo sábado, siendo mediodía y siendo chapines, la única cosa lógica que había por hacer en ese momento era ir a comer ceviche.

Cevichini, creo que dijo uno de los compañeros mientras daba saltitos de felicidad ante la posibilidad de ir a comer camarones por cuenta de la empresa. Uno de esos almuerzos de convivencia que suelen darse en algunas empresas.

A mí nunca me ha gustado el ceviche. No sé si sea un desagrado con profundas raíces en mi infancia cuando un desaprensivo convenció a mi papá de que tener cevichería era la mera tos (lo vivían convenciendo de invertir en empresas de las que nada entendía y solían casi siempre dar pérdidas). No sé si sea que luego tenía que preparar ceviches para los clientes de un bar que años más tarde tuvimos con mi mamá o si la sola imagen de ver como revuelven un montón de pescado con tomate y cebolla en una cubetota de plástico me corta el hambre. Pero igual fuimos, porque si algo está claro es que hay que hacerle huevos a la mara.

Como cualquier otro negocio que se precie, la cevichería tenía un guardia, un seguridad privada, un policía particular o como sea que se le llamara entonces. No había pasado a formar parte del vocabulario chapín la palabra “poli”.

Las cevichería (sábado a medio día, recordemos) estaba a reventar. Y debimos de haber sido la gota que derramó el vaso en la capacidad de producción de la cevichería porque cuando entramos, el encargado dejó lo que estaba haciendo y le indicó al guardia que se pusiera a picar cebolla. Acto seguido, el hombre apuntaló la escopeta contra una pared, se enfundó un delantal y comenzó a picar un montón de cebollas con la destreza de alguien que lleva años en eso de confeccionar ceviches. Unas gruesas gotas de sudor comenzaron a formarse en su frente.

Nunca entendí por qué el poli tenía que estar picando cebolla en lugar de cumplir su trabajo de velar por la seguridad de los comensales y la cevichería.

En ese momento lo eché a esa gaveta con la etiqueta de “contradicciones inexplicables de Guate”.

Supongo que las explicaciones están en cómo miramos los guatemaltecos a los “otros”, los que tienen menos oportunidades, dinero, educación o poder. Debe ser parte del ADN nacional, esa idea de que el que está abajo carece de dignidad y lo mismo puede estar cuidando el local que ponerse a picar cebolla o lavarle el carro al señor de quien es guardaespaldas.

Ahora que mataron a una señora en una farmacia es inevitable pensar las causas que ponen al guardia de seguridad privada en la farmacia. O no.

Dijo Lovecraft que una de las cosas más misericordiosas que hay en el mundo es la incapacidad de la mente humana para correlacionar sus contenidos.

Vivir en la ignorancia del contexto da más placer que intentar entender. Explicar un sistema a partir de la anécdota es más fácil, y pensar en que el policía que mató a la señora es un hijo de puta, un maldito, un loco, un enfermo mental que merece todo el peso de la ley, la cárcel, la pena de muerte (la pena de muerte no, porque eso no es cool), lincharlo (aunque sea solo en las redes sociales) es menos oneroso que entender por qué estaba él en ese lugar, en ese momento, en esa condición.

Realmente no sé sus circunstancias y no voy a defenderlo. Lo que quisiera ver es que en lugar de condenar a un hombre, la gente que está escandalizada por el hecho hiciera algo por entender qué pasa con los guardias de seguridad privada.
Porque en el fondo, al guardia le pagan para varias cosas, la última de ellas defender el comercio donde está apostado. Además de picar cebolla, arrear a los cuentahabientes, limpiar los baños, lavar el carro y toda clase de tareas serviles, el guardia devenga su salario alquilando su imputabilidad.

Así, ante cualquier incidente que ocurra, el guardia será responsable. Y le caerá todo el peso de la ley. Y eso es así en todo el mundo, o casi.
La diferencia es que en Guatemala poner a alguien a que asuma el costo de matar a otra persona –sea en una farmacia o en un ataque con granada en la Zona 18–es tan, pero tan barato.

Es barato no solo por el sueldo que se le paga. Es barato porque en general no reciben capacitaciones para desempeñar su trabajo, no tienen mucha educación formal y no tienen mayor idea de cómo reaccionar ante una emergencia.

Como dije, desconozco sus circunstancias. Pero por norma general los guardias de seguridad privada son gente con la que es preferible no entrar en contacto. Si uno se pone a pensar que es cosa normal para estos hombres eso de dormir varios días seguidos dentro del negocio que uno cuida, devengando un salario que no permite soñar en un futuro mejor para los hijos, con miedo a que hoy sea el día en que te van a matar para robarte la escopeta o vas a tener que matar a alguien, entiende uno el estado de crispación en el que viven y por qué mejor evitar a toda costa interactuar con ellos.
Porque, le guste o no, la muerte acecha en todos lados. Esto es cierto en todas partes del mundo. Pero nunca como en Guatemala que la muerte puede llegar de manos del sicario, del asaltante, del bravucón, del guardia privado.

Y así, es mejor pensar que al hombre se le zafó un tornillo, tuvo un desbalance químico o recibió consejo satánico en ese momento. Porque la otra opción es pensar que hay un ejército de polis, que no han dormido, que no han comido, y a los que el sueldo no les alcanza para vivir, menos aún soñar en el futuro, y que están al borde de meterle un tiro a usted. Sí, a usted. En la cara.
Quizá habría que pensar en eso.

 

 

 

 

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